domingo, 6 de marzo de 2011

HAY MUCHOS RÍOS POR CRUZAR


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Esta es una realidad ineludible: asaltos a mano armada, bombas en el medio oriente y estremecimientos por doquier. Las edificaciones caen como naipes y un hombre de barba y turbante amenaza el status quo. A nuestro equipo del alma acaban de encajarle cuatro goles y, para colmo de males, la suegra nos largó de su casa (sin mencionar lo que ello significa). El hombre que más amábamos, quien nos inició en el amor, es hoy pieza de otro juego y al párroco de nuestra iglesia lo salpican extrañas fotografías. No contamos con más motivos para reír y, sin embargo, es aquí donde nacen las uvas. Es aquí donde el río se une hermosamente a la mar, en una cópula representativa de la inquebrantable unión entre parejas. Es este el mundo maravilloso de Shakespeare, Cervantes, Yeats, Borges, Cortázar y García Márquez. Es aquí donde tienen lugar los Beatles y Edith Piaf, Beethoven y Mozart. Es este, y sólo éste, el lugar que nos permite mirar las estrellas.

La fuerza de la espera


Sí, hay muchos ríos por cruzar - como bien lo canta Cliff- y acaso es la corriente tormentosa la que nos asusta; pero también es la fuerza del río la que nos forma como personas. Es sólo cuestión de tiempo y espera, no una espera viciada de fe religiosa, sino de paciencia consciente de nuestra condición humana. Reconocer que la noche nos entrega el sol en el alba, pero también que el día nos trae las tinieblas al atardecer. Al caer en cuenta de esta realidad, los abandonos se convierten en acompañamientos, las lágrimas en risas, y ya nada nos doblega con facilidad. Fuimos creados para resistir y sobrevivir, así que no hay camino que no podamos sortear. Son muchos los ríos por cruzar, inevitablemente, así que son muchas las oportunidades que tenemos para ser más fuertes cada día. Es así como la fuerza de esta espera hace que los escombros se reedifiquen y la onda explosiva se contraiga en su dispositivo; sin mencionar que el arma, que antes nos apuntaba, ahora es un bello ramo de rosas, azucenas y jazmines.

lunes, 21 de febrero de 2011

El placer de ser escuchado (Proyecto hombre)

La escucha tiene valor moral cuando es un acto desinteresado. Es la más difícil, pero la única que realmente se olvida del ego. Entonces, es un acto contracultural, un fenómeno extraño que rompe la lógica del farisaísmo. Debemos escuchar a los desatendidos, aquellos que hablan lentamente, que cuentan sus fragmentaciones, explican sus dramas y sufren la soledad. En ocasiones, no exigen nada más que un oído amable.
Escuchar a los seres vulnerables es una exigencia de hu-manidad, pero, además, es un modo de conocer el lado oscuro del ser humano, el otro rostro de la vida [...]. Tenemos que aprender a escuchar el silencio de los otros porque, en ocasiones, no hay palabras para narrar lo vivido: la densidad de lo vivido es de tal dimensión que, simplemente, faltan o sobran palabras. En tales casos, debemos escuchar atentamente el silencio, porque el silencio no es el mutismo, es otro modo de decir algo [...].